20 octubre 2006

Relato de una banda inconsololable

Me borré por un par de semanas. Me fui a visitar a mi novia que vive un poco lejos de mi casa (en Wilde) así que no tuve tiempo de postear nuevos artículos.

Hoy quiero compartir una experiencia con ustedes. Lamentablemente pude "descubrir" a los Redondos en el año 1996, en pleno gobierno del infame, corrupto y perverso Menem, y como gente del "Interior" e hijo de un laburante de la construción, fui de los primeros en sentir el efecto de la pobreza que más adelante se esparciría como peste por todo el país. Nunca fui un listo de pesos, y desafortunadamente, con solo 15 años y sin una moneda para poder darme el lujo de comprar los discos o cassetes siquiera, no podía ir a los recitales y mi corazón lloraba cuando tenía que conformarme con ver el espectaculo que Crónica TV armaba en torno a los disturbios que se desarrollaban alrededor.

Llegó el día en que, por un capricho de la vida, las cirscunstancias me sorprendieron en forma más que favorable: en diciembre del '97 los Redondos iban a tocar en Santa Fe, a 30 kilómetros de Paraná (dondé yo vivo), y milagrosamente ¡tenía la plata para mi y dos amigos más!
Apenas me enteré les conté a mis dos amigos ricoteros y me dijeron que en ese momento no tenían la plata, entonces les dije que se las prestaba... y no puedo olvidarme como brillaban esos ojos. Compré las tres entradas en el local, y luego de resolver algunas minucias (nos habían tocado puertas diferentes, pero queríamos entrar todos juntos, de modo que las cambiamos para entrar todos por la "B") ya estabamos listos.

Creo que el hecho de haber asistido a esa "misa" me marcó para siempre, me bautizó en la "Santa Fe de Patricio Rey", a mi y a mi amigo Horacio ("El Negro"). Mi otro amigo, Juán, dudó de poder tener la plata algún día para poder devolvérmela así que decidió no ir (¡Que falluto! ¡ya le había comprado la entrada!) y después de eso, su ricoterismo se fue desvaneciendo. Creo, a partir de ahí, que uno no puede ser un ricotero hecho y derecho hasta que no va a un recital: uno puede desviarse por otras bandas (a mi me pasó con Pink Floyd) pero siempre vuelve a los Redondos, como que fueran "el primer amor". La entrada que sobró la usó mi viejo, que tenía curiosidad por ver que era eso que nos volvía tan locos.

Llegó el ansiado sábado 13 de diciembre, a partir de allí declaré al 13 fue mi número de la suerte y mi día favorito de todos los meses. Mi viejo se había dispuesto a llevarnos en la camioneta, así que a las 15 horas pasamos por la casa de Horacio, quien subió sin decir una palabra más que "hola". No puedo olvidarme de la mirada perdida que tenía, su respiración estaba agitada, parecía estar sumergido en un frenesí interminable. Seguramente el notó lo mismo en mi. Se había puesto su remera ricotera más vieja, una que tuvo una triste anécdota, cuando la pintura acrílica de su estampado se achicharró con el calor de una fogata que hicimos en una pesca fracasada unos meses antes. Yo me había puesto una remera blanca, lisa: siempre disfruté vestirme con esa "sobriedad-indiscreta".

En el caminó, ya saliendo de Paraná, juntamos a una parejita de Concordia que estaba haciendo dedo: el novio se escondía mientras la mina paraba algún auto. Y nosotros paramos, pero no por la mina (al vago ya lo habíamos visto) sinó porque eran ricoteros, que querían sentir lo mismo que íbamos a sentir nosotros. Ellos tenían más experiencias que nosotros, y en ese ratito que duraba el viaje nos contaron un montón de anécdotas que en medio del frenesí se me olvidaron.
Llegando a Santa Fe, la parejita se apresuró a bajarse. Mi viejo se puso a buscar un lugar donde estacionar. Mi corazón latía al unísono con aquél bombo que sonaba en alguna esquina lejana e ignota, pero que sabíamos que significaba: "se viene el día en tu corazón".

Bajamos. Caminamos con ganas de correr hasta la puerta del estadio. Llegamos hasta la primer barricada, la polícía vigilaba celosamente que nadie pase. Eran las 16hs. Gente que llegaba. Acentos de todos los rincones del país. Trapos al viento. Cantos contra Cerati. Cantos contra Menem. Recuerdo que cada tanto, uno empezaba a aplaudir y cantar la letra de una canción y todos se prendían. Y era una fiesta. Y todos éramos feclices, todos amigos, hermanos para siempre.

Se empezó a llenár de gente. La policía se empezaba a poner más molesta, más autoritaria. Y mienttras más prepoteaban, los cánticos contra la "Yuta" se hacían más intensos, más sarcásticos, más furiosos. Aparecieron las primeras represiones que no pasaron a mayores. Recuerdo un pibe al que lo tanteaban de arriba a abajo, no se podía entrar con alcohol, pero en una mano llebava una caja de vino, y en la otra ¡el porro más grande que vi en mi vida! Pasó, como si nada. "Está bien", dije (por aquellos días era un pendejo inocente, y la palabra "porro" me daba algo de miedo).

Pasamos, y cerca de la puerta del estadio se armó una de piedras, cascotes, palos y milicos que golpeaban gente. Yo lo vi, el quilombo lo empezó la cana: estaban todos los pibes tranquilos y la cana los empezó a bardear... y los pibes reaccionaron ante lo que sintieron como una ofensa.
Zafamos las piedras y entramos al estadio. Eran las 18hs. La cancha medio vacía, parecía una laguna: había llovido el día anterior, y aunque ese día estaba soleado y radiante, hacía mucho frio.
Mi viejo fue a las plateas, pero nosotros pasamos derecho al campo (al final la puerta no importaba, todos entramos por la misma).

El agua nos tapaba los tobillos y no pasó mucho hasta que alguien descubrió que arrancar pasto y tirarseló a otro era algo divertido... sucio, pero divertido. Nos pusimos a hablar con unas minas venidas en tren desde Buenos Aires. Andaba un loco dando vueltas por el campo con una mochila, las zapatillas, y nada más: totalmente desnudo. Abrazaba a cuanta mina se le cruzaba, y se comió más de una patada por parte de los novios. Las chicas de Buenos Aires nos contaron que ya venía así en el tren, solo que en el tren andaba con un impermeable ¡transparente! ¡Que drogadura que debe haber tenido!

Empapado hasta los huesos, me moría de frio, pero eso no importaba: ¡Iba a ver a los Redondos!
No se en que momento se pasaron las horas, pero en un momento me di cuenta que ya estaba oscuro. Pregunté la hora: me dijeron "las nueve". Sentía que estaba bastante rodeado de gente y me di vuelta para ver el estadio. Lo que vi fue impresionante: el estadio colmado de gente en el campo y las plateas, los trapos ondeando al viento, iluminados por las luces verdes y rojas de las vengalas, cuyos humos brillaban con el color de éstas... Recuero que entonces tomé conciencia de ese sonido que solo se escucha cuando hay mucha gente alentando en un lugar: "EEEHHH, OOOHHH". Cada tanto se distinguía un canto entre los otros, y se hacía más potente, y, cuando acordabas, los estaba cantando yo, y todos los que estaban alrededor mío.

Me costaba girar, estaba muy apretado de gente y entre las prieras filas, a pocos metros de la valla. Sentía calor, mucho calor. Rogaba por un poco de agua. Le pedí a un loco que andaba por ahí que me convidara con ese "bidón de agua" que llevaba: era vino blanco... ¡que rico! Yo sabía que hacía frio, pero tanta gente transmitía un calor que te sofocaba. En un momento levanté las piernas, me despegué del piso, pero estaba tan apretado que no me caía, mis pies no tocaban el piso: yo flotaba.

Pasó el tiempo y el éxtasis se hacía cada vez más intenso: el ruido que hacía cada tanto la máquina de humo retumbaba en todo el estadio, captaba su atención, todo se volvía silencio. En un momento, entra un tipo corriendo al escenario y coloca el microfono en su pie. Luego se retira. Todos los entendimos: "ya viene". Entran corriendo Sergio, Walter y Semilla. Inmediatamente Skay. Empiezan a hacer un ruido cacofónico. Por último entra el Indio, toma el micrófono y dice "¡Holaa!"... ¡El pibe de los astilleros empieza a sonar! ¡Y el estadio es una locura! ¡La gente salta y canta!

Fue unos meses a Caseros y su "strato" roja.
Se hizo un torbellino que hoy suena en la radio...

Escribir estas lineas me hace revivirlo, me siento allí, esa locura... Ahora mismo tengo ganas de cantar, ¡de gritar! ¡de saltar! ¡Me estoy quemando vivo!

El resto del recital fue un trance. ¡Dios! ¡es todo tan borroso!

Me acuerdo que quedé atrás de un tipo que estaba prendido a la valla. Estube tan cerca que podía ver que partes de la cabeza del indio tenían pelo y que partes no, podía ver las venas saltándosé en la cara de Skay durante sus solos más furiosos. Estaba muy apretado, tenía que hacer mucha fuerza para mantener esa posición. Recuerdo también que pasaban los borrachos y desmayados por arriba de la gente, en una suerte de pasamanos, y los agarraban los de seguridad que los llevaban a la enfermería. Me acuerdo que varias veces mé caí al barro, y mis hermanos ricoteros hacían fuerza para despejar al rededor, ayudaban a levantarme y me preguntaban: "¿estás bien?". Yo también ayudé a levantarse a mucha gente, y también les preguntaban si estaban bien. Era eso que nos unía, que nos hacía hermanos: nos queríamos y nos cuidábamos.

El show terminó, la banda se retiró y mis hermanos gritaban a coro "¡Ji, ji, ji!". La banda volvió y el indio agarra el microfóno y dice algo como que lo habían convencido. Repitió "Ji, ji, ji".

No lo soñéeeee, eeehhh...

¡Mi cabeza explotaba! ¡Saltaba para todos lados! ¡Cantaba con todo lo que me daba la voz! Nos abrazábamos y cantábamos hasta el limite de lo que nuestras cuerdas vocales podían. Eslotamos en la locura, en la emoción, en ese "perfume al filo del dolor".

Finalmente la fiesta terminó. Empezamos a dejar el estadio de a poco. Mi remera blanca había quedado de un color marrón barro. Tenía barro en el pelo, en las orejas, la nariz y los poros (tuve que bañarme tres veces para sacarme todo el barro, y la remera no se recuperó jamás).

A partir de allí vago de lugar en lugar, buscando algo que me haga sentir lo mismo... pero no lo encuentro. Se muy bien que hay cosas que solo se dan una vez en la vida y a mi se me dió. Puedo levantar la frente y decirle a todo el mundo que yo estuve ahí, viví esa fiesta, esa pasión. Se lo tengo que decir a todo el mundo: Nadie debe morir sin ver a los Redondos, aunque sea una vez.

5 comentarios:

Marina dijo...

Tengo 16 años, y los redondos me atraparon tanto, que ya no es fanatismo, es amor( y a muchos les pasa lo mismo)...nunca los pude ver hasta ahora, pero te doy las gracias por hacerme sentir con tus palabras que estaba ahi!...me emociono mucho la verdad, por que me gustan muchisimo .No sabes lo que daria por cantar juguetes perdidos junto al indio...y realmente, siempre lo digo no existe otra banda que cause las emociones que te da patricio rey, el entorno de cariño que hay entre los ricoteros, es un fenomeno!!....cada dia me despierto con la ilusion de que se vuelvan a juntar!...suerte y mas que suerte!!!

Santiago dijo...

Bueno loco, de verdad te tengo que felicitar tu relato cuando viste a la banda mas grosa del mundo.
Soy del paisito, tengo 22 años. Nunca pude ver a Los Redondos en vivo, peor es un sueño que tengo por vengar...y se que se me dará esa vida hermosa algún dia.
Leyendo tu escrito, empeze a meterme en el, a sentir que podia observar todo lo que vos contás, y para mi sos un pibe humilde que tenes muchas cosas claras y haces que las personas lo puedan sentir.
Desde ya te agradezco, me voy a colgar mas con este blog que esta muy bueno...
Bueno loco me despido, un abrazo grande y con mucha ricota...
Qué el adios no se alargue....

Gracias...Santiago

Daschapa Scaramanzia dijo...

Marina:
Hoy tengo 25 años, y debería sentirme viejo para estas "pavadas" pero no es así. Cuando tenía 16 años no tenía acceso a Internet para informarme, no tenía guita para comprar libros, ni discos para variar mi cultura general. Me faltaban un montón de cosas que necesitaba para captar el mensaje más profundo de los Redondos... y sin embargo, una voz que sonaba como "frenada de coche" me decía todas las tardes al oído "quiero verte huir como un ladron al que nunca pueden atrapar". Y yo no sabía lo que significaba, pero mi alma lo captaba: "no seas docil; revelate. No dejés que te manipulen; escapate. Se un grano en el c*lo del sistema". Y cuando uno es joven como vos, ese mensaje vale oro y te define para toda la vida. Me alegro que hayas conocido a los Redondos, y que te enamores de su música y poesía. Me alegro por vos, porque nacer en el seno de la resistencia y la rebeldía le está dando alas a tu cabeza y a tu corazón. La vida no pasa por tener un laburo de 4 lucas al mes, sinó por ser feliz con lo que uno es y ha logrado.
Un abrazo, hermana ricotera.

Daschapa Scaramanzia dijo...

Satiago:
Mirá, el Indio mismo se quedó intranquilo con la forma en que se terminaron los Redondos, así que yo te diría que se van a volver a juntar, por lo menos para un recital de despedida... y ahí si que no hay Monumental que alcance... jeje.
Hay que ser paciente... se juntan. Si no es en el 2007 es en el 2008, yo me la juego.
Un saludo, y cuando vuelvan a tocar: VAMOS TODAS LAS BANDAS.

Anónimo dijo...

ES ALGO QUE SE LLEVA ADENTRO Y NO SE PUEDE RETENER ; UNA PASION por SIEMPRE
¡¡¡AGUANTEEEEEEEEN LOS REDONDOS!!!!!!!

MI DIOS ES PATRICIO REY, MI CORAZON ES REDONDO Y POR MIS VENAS CIRCULA LA RICOTA NO PUEDO PARAR!!!

SI EL INDIO Y SKAY LLEGANA LEER ESTO Y LO QUE VOS CONTASTE TIENEN QUE JUNTARSE POR LO MENOS UNA VEZ MAS.........